Wednesday, April 29, 2009

El Infierno Costó Un Dólar

José Musse

Mientras escribo no puedo dejar de ver la estación de combustible de Amoco, ahora absorvida por la empresa BP, entre la calle 174 y Southern Boulevard. Trato de adivinar de qué surtidor salió la gasolina. Intento dialogar con el dependiente. Se siente incómodo con mi pregunta y me mira de arriba abajo, pero me dice que ignora de qué hablo. Su lenguaje corporal me dice que sabe más de la cuenta.

Me siento como un detective tratando de descifrar el pasado para entender mejor porque estamos aquí y tener un borrador de donde podemos estar mañana. Una de las mejores formas que tiene un profesional para avanzar en su formación personal en la seguridad contra incendios, es estudiar casos. E

sta documentación no solo debe ser teórica sino por el contrario una minuciosa investigación de campo. Quiero tomarme un minuto en detallar algunas sutilezas. No se trata de leer y de aprovechar las lecciones que otros obtuvieron. Menos de aplicar normas de las cuales ignoramos su trasfondo. Por ejemplo, cualquier estudioso de la seguridad contra incendio debería saber, que la primera ordenanza pública para realizar ejercicios de evacuación es consecuencia del incendio en la fábrica Triangle Shirtwaist de 1911. Conocer este incendio, sus recodos y alcances, hace comprensible la actual normativa.

Uno puede escoger ser un dictador de procedimientos, un copiador de otros, ser exigente en requerimientos públicos, creando un Servicio de Bomberos que parezca un súper policía municipal pero se estará vacío profesionalmente si no se conoce la historia, los pormenores, el trasfondo y los detalles de los eventos que nos llevaron a formular premisas y compromisos.

Obtener estos datos, nos convierte en seres dialogantes, abiertos y comprometidos con la sociedad, con fuerza para explicar la razón de las medidas exigidas y recomendadas. En resumen, nos dan esencia y sentido de propósito. Casi puedo ver la silueta desencajada del ¨marielito¨ Gonzáles. Ebrio, furioso, sujetándose del poste de alumbrado para no caerse, Gonzáles maldice su suerte. Supongo que en algún momento pensó que mejor se hubiera quedado en su soleada Cuba. Sin imaginar, que lo que vivirá en breves minutos, será realmente una pesadilla.

Recuerdo que la crisis de los ¨marielitos¨ empezó en la embajada peruana en Cuba y los exiliados, de los muchos que llegaron a Lima, finalmente muchos renegaron de su suerte, prefiriendo llegar a otro país.

¿Qué hubiera pasado si Julio Gonzáles hubiera elegido Perú y no Estados Unidos? Voy en retroceso en mi relato. Estoy ahora en la esquina de East Tremont y Cotrona Parkway, en el Sur del Bronx, no muy lejos del Zoológico. Aquí toma la decisión de asesinar a Lidia Feliciano. Si no es de él, no será de nadie más. Quiere vengarse de los machitos del fiestón. Pocas calles camina desde que fue expulsado de aquel Mardi Gras hondureño. En la fiesta se apiñan ecuatorianos, mexicanos y dominicanos. Calles atrás, al ver a la mujer de sus amores que lo menosprecia, que se envalentona diciéndole que él fue un ¨error en su vida¨ y que ahora ¨puede tener los hombres que quiera¨, lo quiebran, lo hunden en la desesperación. A sus 26 años, Julio Gonzáles es un hombre solitario, inmaduro, incapaz de superar una rotura sentimental.

A veces violento, es una persona que está mal empleada y mal pagada, que subsiste a duras penas en un mundo marginal que lo rechaza, que lo agobia. Siente celos, jura que ¨cerrará el lugar¨ al guardia que lo ha expulsado, humillándolo delante de Lidia. Siente envidia de que otro esté con su mujer, que la posea rabiosamente, que babeé en sus abundantes carnes. Mil ideas obscenas cruzan por su embotada mente.

Estoy parado en el frente del 1959 de East Tremont y Southern Boulevard, por un instante siento trasladarme al pasado. El lugar se oscurece, las luces se encienden, la música, el murmullo de un gentío alegre inunda el espacio. Aquí empezó todo, aquí también acabará. Faltan pocos minutos para el desenlace final.

Observo cada detalle, los edificios adyacentes. Creo escuchar los acordes de Carlos Santana, tan popular en aquella discoteca. Gonzáles era bueno bailando merengue, casi se sentía una estrella. La banda toca un tema de Rubén Blades, ignoran que será la última salsa que toquen en vida.

El verdugo esta a la puerta, pasa desapercibido. Julio Gonzáles, es de contextura media, con rasgos negroides. Luce su menuda barba desaseada, su rostro desencajado por la rabia y la mala noche. Para los que le ven en el corredor del Salón, es un borrachín más que habla consigo mismo, de esos que cuando se embriagan se vuelven conflictivos. Pero este alcoholizado no lleva a la mano un botellín de ron o cerveza, sino un litro de gasolina que desparramará en la entrada principal cebando golosamente al infierno que desencadenará. Un litro es todo lo que le vendió Edward Porras, para quien es su primer día de trabajo en la Estación de Amoco será un día que él no olvidará, pues a sus 23 años las autoridades lo buscarán. Esta prohibida la venta al menudeo de inflamables.

Julio Gonzáles le mintió al dependiente, le dijo que su automóvil se quedó botado a unas calles, le rogó para que le de algo de gasolina para traer el vehículo y cargarlo como es debido en la Estación. Porras le vende un dólar y llevará en su espalda hasta el final de sus días, el saberse responsable de haber cargado el arma que se llevará tantas vidas. Julio Gonzáles derrama la gasolina en la entrada. Lo ven unos parroquianos en la discoteca y se ríen, creyendo que es un borrachín más que renuncia al alcohol hasta el siguiente trago. Más personas pasan a su lado, se van del Salón, ignoran que esa decisión les salvará la vida.

Son las 3:50 de la madrugada, algunos se han retirado, pero aún el lugar esta atestado de gente, el Punta Carnivale es la fiesta más popular en Honduras y debe celebrarse hasta caer rendido en el suelo. Ignoran que caerán antes. Julio Gonzáles enciende el fósforo que arroja al suelo con desprecio. Como un flash, la llama avanza abrasando violentamente el pasadizo. Una enorme deflagración sacude la entrada, se escucha el zumbido que deja la gasolina al arder masivamente. Gonzáles es lanzado por la onda expansiva a la calle.

El fuego toma cuerpo y comienza a correr con furia piso arriba. Adentro la música a todo volumen acalla los gritos de desesperación de los que despiertan de su borrachera de cara al infierno.

El mismo Diablo parece venir por ellos y los calcina en la entrada. Cuando el fuego rugiente entra en el piso del Salón, los gritos y el pánico se apoderan de los concurrentes. Las brasas en el techo sitian todo el espacio. Un humo espeso, gris oscuro y volátil los rodea hasta desorientarlos. La gente huye hacia la salida de emergencia para descubrir que esta trancada con llave y candado, no hay escape posible, ahí morirá la mayoría, apretujada, desesperada, entre gritos de auxilio y dolor. Un dolor que se siente primero en los pulmones donde se produce la Carboxihemoglobina y que compite con el ardor de la piel que se ampolla hasta que la grasa termina ardiendo hasta chamuscarse.

El olor de carne humana quemada es penetrante y se impregna en todo rincón. Quien la haya olfateado, jamás la olvida. Los cuerpos se amontonan y van cayendo, uno a uno, de dos en dos, los que no han sido atrapados por brasas ardientes que se extienden como brazos gigantes, caen fulminados por el intenso calor, el humo tóxico y la falta de aire respirable. La escena es tan dramática que cuando los bomberos descubran los cuerpos enmudecerán por varios minutos. Julio Gonzáles contempla el incendio desde la calle del frente.

Concluye lo que resulta lógico en su embrutecida mente, Lidia está muerta, su venganza consumada y se marcha del lugar abordando el autobús 40, que lo llevará al cuarto que renta en el 31 Buchanan Place. Al llegar a la casa donde tiene una habitación, confesará su crimen a otra inquilina, Yvonne Torres. Está arrepentido, ha estado llorando desde que subió al bus, explotó en gemidos desconsolado cuando escuchó la sirena de los camiones de bomberos dirigirse a la discoteca, pero nadie le prestará atención, pues para todos es un borrachín más.

Su arrendadora tampoco le hace caso hasta que escucha el noticiero de la mañana. Gonzáles dormirá plácidamente hasta que es despertado esa misma mañana por los detectives Kevin Morroney y Andy Lugo a quienes les relatará su crimen sin tapujos ni recato. Los detectives neoyorquinos se alegran de haber resuelto el caso tan fácilmente y entienden que dormir plácidamente luego de una matanza, es una característica de la mente homicida.

Lidia Feliciano es una de las pocas afortunadas que alcanza una ventana y se arroja al vacío desde el segundo piso, salvando su vida antes que todo se convierta en un macizo de fuego resplandeciente que ilumina la noche del Bronx. Dieciséis años después, estoy parado al frente de lo que una vez fue el titular más importante de su época y cuyos ecos se escucharon en todos los rincones del mundo. Hoy, en conmemoración de la tragedia hay un obelisco con el nombre de las 87 personas que perdieron la vida en aquel disco.

El edificio sigue abandonado, por alguna razón que no comprendo me recuerda a la Casa Matusita de Lima, parece que sus inquilinos son los mismos fantasmas que siguen atrapados, esta vez no por el fuego, sino por el peso del pasado. Julio Gonzáles cumple condena en la prisión Clinton. Recibió sentencia de 35 años por cada vida que cobró el fuego. Fue la sentencia máxima, pero esto igual enfureció a los familiares de las víctimas, pues podría salir libre en el 2017, lo que significa 3 meses por cada vida que devoró el incendio.

Me dice un vecino que Lidia Feliciano enloqueció, se volvió loca, pues cargó con la culpa de vivir. No sabría decir si es cierto. Otro vecino me dice que se marchó del lugar y que hizo su vida de la forma más normal, sin remordimiento alguno. Todos se han ido, nadie quiere recordar este lugar. Muchos regresaron para Honduras y República Dominicana, el ¨Sueño Americano¨ fue una pesadilla para ellos. Antes del incendio de la discoteca Utopía en Perú, mucho antes que la discoteca Goajira de Venezuela y antes que la disco Cromañón de Buenos Aires, se escribió este episodio, que cuento rodeado de fantasmas que me miran en silencio. Este es un lugar donde los ingredientes son los mismos: Ausencia de permisos municipales y violación de todo principio de la seguridad contra incendios.

Por supuesto, todo aquello fue posible por la corrupción de funcionarios. Los criminales detrás de esta historia que dejó 90 huérfanos en la comunidad de inmigrantes, se han ocultado detrás de uniformes que juraron usar para proteger a su comunidad. Ellos también cargan con la culpa de las vidas que se hicieron humo esa noche. Por ello, la ciudad fue enjuiciada y debió pagar 16 millones de dólares en indemnizaciones.

En el frente del 1959 de East Tremont, plasmo mis pensamientos y me despido del lugar. Miro hacia atrás, digo adiós a los fantasmas que han seguido en silencio cada uno de mis movimientos. Dejo una rosa blanca en el obelisco como símbolo ceremonial, para que sus almas y la de sus familiares alcancen la paz.

Mi último acto, es un voto porque nadie olvide la historia de la ¨Discoteca Happyland Social Club¨ del Sur del Bronx, que ardió hasta quedar en cenizas, el 25 de marzo de 1990.

(*): Site del autor: www.josemusse.com

E-mail: jmusse@desastres.org